10 maneras de reconocer a un estudiante latino en España

foto graduacion2 Cada año, miles de estudiantes latinos llegan a nuestro país con un claro objetivo: estudiar un postgrado. ¿Pero será esa su principal intención? Tras cursar este año en Madrid un máster con algunos de ellos y cogerles mucho cariño, aquí va el manual definitivo para reconocerlos:

1. En pocos días conocen más bares y restaurantes que tú, aunque lleves años aquí viviendo. Sí, es cierto que hay una serie de lugares que son míticos para ti a los que ellos jamás entrarán ¿Quizá porque son demasiado baratos?

2. En pocas semanas conocen la geografía española mejor que tú en décadas. En lo que cuesta decir “qué vaina” o “no manches wey” se compran un billete y se plantan un viernes en la otra punta de España.

¿Pero qué pasa cuando hay puentes largos con más días de fiesta? He aquí el siguiente nivel:

3. En pocos meses conocen Europa muchísimo mejor que tú. Incluso han viajado a países que no sabías ni que existían.

Es en este punto cuando te comparas con ellos y empiezas a sentirte un ser apático, sin interés por disfrutar de la vida: salir, bailar, hablar idiomas… No te preocupes. Cuando leas lo que viene a continuación se te van a quitar las ganas:

4. Aunque tú pienses que te defiendes, no bailas bien. Por lo menos no tan bien como ellos. Que te lances a bailar un reggaetón después de un par de copas, pase, pero no te atrevas a profanar con tus arrítmicas caderas una buena canción de salsa. ¡Por lo menos no delante de ellos!

5. Tu nivel de inglés es alto, o eso es lo que dice tu currículum. El de ellos sí que lo es y por eso te ayudarán. Te ayudarán a darte cuenta de que ¡tu pronunciación es una mierda! Si el Spanglish se introdujera en España otro gallo nos cantaría.

6. ¿Cómo llamarías a ese pedazo de hielo contra el que chocó el Titanic?  ¿Te acuerdas? Para ellos es un “aisberg”, de toda la vida. Ni se te ocurra defender que en español se pronuncia como se lee “iceberg” o estarás a punto de enfrentarte a una laaaarga discusión al estilo de una buena telenovela.

7. A diferencia de los españoles, los estudiantes latinos no tienen esa cultura de borrachera. Jamás los verás bebiendo, y mucho menos borrachos. Eso sí, te hartarás de verlos “tomando”, cogiendo una buena “peda” e invitando a toda la barra del bar mientras brindan en honor de una región mexicana que si no recuerdo mal, se hace llamar “Tequila”.

8. Jamás se ha visto a ninguno haciendo cola para entrar en una discoteca: Una breve conversación con el encargado de seguridad y ya están dentro disfrutando de un reservado con botella. De hecho, esa primera salida nocturna en la que de inicio los llevaste al típico bar castizo, así antiguo y mugriento, lo primero que te preguntaron al entrar fue “a ver dónde estaba la zona VIAIPI en ese club”.

9. Les encanta repetir palabras typical Spanish como “Hostia, coño o joder”. Y al tratar de pronunciarlas bien elevan su tono de voz hasta límites inhumanos, como si hubieran nacido en el mismísimo Bilbao.

Para concluir, ya poniéndonos serios, y con el objetivo de resaltar lo que para todos ellos supone esta enriquecedora experiencia, quiero citar la última y más importante característica que los identifica:

10. Después de un año viviendo en nuestro maravilloso país muchos de ellos desean quedarse para siempre. La verdadera razón: el tinto de verano.

¡Muchas gracias a todos mis compañeros “del otro lado del charco” por este año increible!

Spots intencionadamente aburridos en Youtube como estrategia de marketing

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Ayer, navegando por Youtube, me llamó la atención un vídeo anuncio. Me disponía a ver el último videoclip de un grupo indie de psicodelia madrileño cuyo solista es amigo y…

Bueno, voy a decir la verdad. Me disponía a ver Gangnam Style por enésima vez cuando me topé con el típico spot que aparece en Youtube antes del que tú deseas visionar.

Este tipo de vídeos se denominan “in-stream true view” y Youtube, o lo que es lo mismo, Google, lo factura por el método CPV: coste por visualización.

Si el vídeo dura más de treinta segundos, el anunciante sólo paga si el usuario visiona hasta el segundo treinta o, en el caso de que el usuario lo adelante, si llega hasta el final.

En vídeos de menos de treinta segundos, para que se active el CPV el usuario debe llegar al final. En caso contrario, el anunciante no paga nada.

Explicado esto, sigo hablando de aquel vídeo que tanto llamó mi atención y que considero una obra maestra del vídeo marketing online. Aunque en realidad se podría considerar ¡el spot más aburrido de todos los tiempos!

Muchos pensaréis: ¡semejante contradicción! Y yo os respondo: todo tiene un sentido.

Resulta que este vídeo, de cuyo autor sólo diré, anunciaba un e-commerce de regalos personalizados, incidía en sus primeros segundos de metraje en dejar claro y por duplicado el nombre del e-commerce y en explicar a qué se dedicaban. En lo sucesivo, el vídeo crecía en densidad, enumerando sin gracia y sin sentido alguno de la narrativa una lista de objetos que el cliente puede encontrar en su web. Por supuesto jamás llegué a los treinta segundos, a pesar de que la duración total del anuncio superaba el minuto.

Se supone que nuestros vídeos publicitarios, aunque no puedan compararse a grandes producciones hollywoodienses, deberían tener un mínimo de calidad, ¿no? Mi respuesta es, visto lo visto, no siempre.

Si no hay ser vivo capaz de llegar al segundo treinta no se activa el CPV, y nuestra marca “se hincha” a aparecer en Youtube, sin pagar un solo céntimo.

Habrá quien piense que ese e-commerce está cavando su propia tumba porque no se presenta como algo atractivo pero, hablando en plata, aunque el spot sea una “patata”, si alguno de los miles de internautas que lo han visionado en sus primeros segundos tiene que hacer mañana un regalo, posiblemente tenga en su retina el nombre de aquella web. Todo a un coste mínimo para el anunciante.

Honestamente, no sé hasta qué punto Youtube puede detectar este tipo de prácticas y penalizarlas para que directamente spots como éste no se visualicen. Quizá al detectar que no monetiza a pesar de un alto número de “breves” visualizaciones.

¿Qué opináis? ¿Llevaríais a cabo esta práctica con vuestro negocio?

Leads, registros y monjas internautas

monjas

Hace un par de días me topé en el centro de Madrid con dos simpáticas monjitas octogenarias que habían montado un escueto puesto donde vendían pastas elaboradas por ellas. He de confesar que el dulce es una de mis debilidades y no dudé en comprarles medio kilo de huesos de santo.

Tras abonar religiosamente los cinco euros del pack, me disponía a despedirme cuando una de ellas sacó del bolso un tablet de última generación y al grito de “también vendemos por internet” me pidió rellenar mis datos para enviarme su newsletter pastoral con ofertas exclusivas.

No os voy a contar todavía cuál fue mi respuesta, aunque os diré que aquel día terminé en comisaría por presunto atentado contra la “autoridad divina”. Pero todo tiene un porqué.

El origen:

A mis 32 años me considero una persona digitalmente activa. Con 14 tuve mi primera experiencia en internet, cuya presencia en mi vida se fue incrementando progresivamente hasta el día de hoy, en el que manejo más aparatos que el mismísimo inspector Gadget.

Supongo que como más de uno, a lo largo de estos años he rellenado innumerables formularios de incontables webs en los que me pedían mis datos. Yo los completaba despreocupado. Incluso llegué a facilitar información tan íntima como el nombre de mi difunta mascota como respuesta a la pregunta de recuperación de cuenta.

Por aquel entonces yo rellenaba y rellenaba, iluso internauta, hasta llegar a preguntarme cuántas webs o empresas contarían con mi información personal. ¿50, 60? Haciendo un cálculo mental de los pocos formularios que había rellenado en mi vida.

Pero la realidad era bien distinta, e inoportunas llamadas telefónicas a la hora del descanso más sagrado “la siesta” empezaron a disparar mi mente hasta inimaginables niveles de suspicacia: ¡Alguien estaba traficando con mis datos!

Yo imaginaba a un ser despiadado, sentado en su sillón de cuero, prendiendo un puro Montecristo 520 mientras sacaba mi información a subasta: Varón, nacido en 1982, ocho años sin afeitarse la barba. Vamos a convencerle de que se le quedan cortos sus doce megas de ADSL. Cinco días sin siesta y le endosamos una permanencia de dieciocho meses. ¡Jamás pudieron conmigo!

Este desagradable capítulo de trastorno del sueño sólo fue el inicio de una angustiosa sensación: cada vez que una web reclamaba mis datos, me sentía como si estuviera vendiendo mi alma al diablo, como si aquel nauseabundo hombre del sillón de cuero sólo fuera un pequeño eslabón en una gran cadena de traficantes de información, que se lucraban cada vez que cretinos como yo introducían un dato más sobre su persona y presionaban enter.

La conspiranoia se adueñó de mí hasta el punto de negarme a completar cualquier formulario. Y así comencé una nueva vida de incógnito: quité mi nombre del buzón, clausuré miscuentas bancarias, inclusó obligué a mis amigos a referirse a mí con un alias. Ya nadie interrumpía mis siestas, ni siquiera mis amigos, que empezaban a hartarse del nuevo Señor Púrpura.

Me estaba sumiendo en el ostracismo social. Debía regresar a las bases de datos, pero no podía hacerlo de cualquier forma. Entonces vislumbré el camino: unirme al “enemigo” como miembro activo del apasionante universo del marketing digital. Y así es como maté al Señor Púrpura y renació Don Javier: el cazador de leads.

¿Y qué es un lead? Pues básicamente un usuario que deja sus datos de contacto a través de un formulario. Y no, dejar tus datos no significa que vayan a “traficar con ellos”. Desde entonces mi lema es: Quien tiene un buen lead, tiene un tesoro. Si queremos triunfar online necesitamos crear leads, buenos leads, cuidar a nuestros potenciales clientes, mimarlos, ir a sus casas si es necesario para arroparlos una fría noche de invierno…

Nuestra base de datos es nuestro bien más preciado y como miembro activo de “las tropas del mal” capturadoras de potenciales clientes, ahora aplico el “Hoy por ti, mañana por mí” y no me tiembla la mano al rellenar los formularios de e-commerces y aplicaciones que realmente son de mi interés.

¡Ah! Y para los que sigáis con la intriga sobre qué sucedió con aquellas amables monjitas, os diré que en principio no tuve reparo en rellenar aquel formulario pero… Vi que me pedían introducir un total de ¡20 datos! y me dirigí a ellas iracundo, entonando un ¡No podéis hacer formularios tan largos! ¡Nadie los va a querer rellenar! ¡Queréis acabar con el negocio del convento!

Pero las religiosas no se lo tomaron como el consejo que era y empezaron a chillar enfurecidas, con tan mala suerte que pasó por allí un huraño policía, devoto de la Virgen del Pilar, que perdió los nervios cuando traté de explicarle lo que era un lead y me llevó a comisaría por “atentado contra la Iglesia”. Allí, en la sede policial, me invitaron a rellenar un formulario mucho más extenso, pero esta vez preferí no poner objeción.

En conclusión, y salvando el desagradable episodio en comisaría, me reitero en la importancia de obtener leads, pero con formularios que no asusten: nombre, e-mail y como mucho uno o dos campos más. Una vez que se conviertan en clientes, ya tendremos tiempo para hacerles más preguntas y fidelizar.

Por cierto, he de reconocer que tiempo después de mi periodo de siestas interrumpidas, y por casualidad, me hice cliente de esa compañía de telefonía.

Pero que conste que fue idea mía.